martes, 13 de agosto de 2013

“LA PAMPA” – Capítulo 008



Al otro día, regresando del funeral y posterior entierro de Fermín, la familia se quedó en la sala de la casa grande. El silencio era completo y doloroso.

AURORA: (Entrando) ¿Se les ofrece algo, patrones?
CAROLINA: Si, Aurora, que todos ustedes se retiren a descansar. Sin discusiones, que los empleados se tomen lo que resta de hoy y mañana. Santa Cecilia está de luto y ustedes más que nadie. (Aurora se retira) Creo que lo mejor es que nos vayamos a la ciudad, gente. Dejemos que los trabajadores descansen.
PABLO: Me parece bien. Voy a preparar mis cosas.
ALMA: Yo me quedo.
FELIPE: Nosotros si vamos a irnos, hijos, tenemos cosas que hacer en la ciudad. ¿Vamos, amor?
ISABEL: Si, viejo. (Se retiran con Pablo)
CAROLINA: (A su hermana) ¿Te vas a quedar con Horacio?
ALMA: Está destrozado, Fermín era como un padre para él.
CAROLINA: Me parece bien y también me parece que ya va siendo hora que los dos aclaren su situación con papá y mamá
ALMA: Aún no, Caro. Voy a darme un baño. (Besa a su hermana en la frente y sale)
AURORA: (Volviendo) Señora, muchas gracias por todo esto.
CAROLINA: Es lo menos que puedo hacer por ustedes. Dime algo, ¿sabes dónde están mis hijos?
AURORA: En los potreros, con el señor Emiliano.
CAROLINA: (Se extraña) Gracias y ya, ve a descansar. Por la casa, no te preocupes, yo me hago cargo de todo. Buenas tardes…
AURORA: Buenas tardes y gracias otra vez…

Pampa salió de la casa, buscó a Caramelo y cabalgó tranquilamente hasta los potreros que estaban alejados de la casa. Lucía estaba sentada junto a Horacio, viendo cómo Emiliano montaba a Esfinge con Jano junto a él

LUCÍA: ¡Eso, Jano!
EMILIANO: (Le daba las riendas al niño, sin soltarlas del todo) Despacio, campeón, tienes que ser muy sutil para que el animal comprenda la orden
JANO: ¿Cómo?
EMILIANO: Con las riendas, tú le indicas lo que quieres. Por ejemplo, tira suavemente hacia la izquierda.
JANO: (Lo hace y Esfinge va hacia ese lado) ¡Wow, Nano! ¡Me obedeció!
LUCÍA: ¡¡Bien, Jano!!
EMILIANO: ¡Eso, eso! ¿Ves, enanito? Es fácil si tienes paciencia…
LUCÍA: Nano, eres un genio, mi hermano nunca se animó a montarlo.
EMILIANO: Es que tiene que sentir confianza, Lucía, pero tanto tú como tu hermano, tienen los genes de Carolina y se les ve que son jinetes natos
HORACIO: (Ve a Caro y la ayuda a bajarse de Caramelo) ¡El niño Jano está montando a Esfinge y muy bien! El señor Emiliano de verdad que sabe lo que hace.
CAROLINA: Ya veo, Horacio. (Le da las riendas) Gracias
HORACIO: Por nada, patrona… (Se aleja un poco con el caballo)
JANO: (Marcaba el camino y Esfinge lo obedecía) ¡Mira, Nano!
EMILIANO: Lo haces como un experto, Jano, muy bien…
LUCÍA: ¡Nano, galopen!
EMILIANO: Espera, Lucía, dale un poco de tiempo…
CAROLINA: (A su hija, después de darle un beso y un abrazo por detrás) ¿Nano?
LUCÍA: Si, mami, así nos contó Emiliano que lo llaman en su familia y nos pidió que le digamos igual
CAROLINA: (Mirando a ese hombre que la tenía tan inquieta) Así que “Nano”…

La hacendada se quedó junto a su hija, mirando cómo el pequeño Jano montaba por primera vez al caballo que su papá le había regalado. En cierto momento, Carolina y Emiliano se encontraron en una mirada y fue un instante tan mágico, como perfecto…

En el campo de entrenamiento, Jano montaba con mucha seguridad, ya que con Nano, había logrado sentirse a gusto con Esfinge y se le notaba, porque quería ir al galope. Carolina y Lucía los observaban entre risas y aplausos para el pequeño que, por primera vez podía subirse al caballo que le compraran cuando el niño nació.
El calor de la tarde caía como guillotina y para la hora del almuerzo, Jano estaba exhausto y después de algo que Emiliano le dijo, su sonrisa ensombreció. Caro se dio cuenta y quiso saber qué pasaba, así que se acercó a su hijo, que acababa de bajarse del animal que montaba.

CAROLINA: (Haciéndole upa) ¿Qué tienes, mi amor?
JANO: (Estaba muy triste) Es que Nano se va en la tarde, mami y yo no quiero
CAROLINA: ¿Se va? (la idea no le agradó nada) ¿Te dijo el por qué?
JANO: (Afirma con la cabeza) Porque su hijo vuelve de sus vacaciones (Se puso a llorar)
CAROLINA: Tranquilo, Jano, ¿tú quieres volver a ver a Emiliano?
JANO: Si, mucho, es mi amigo viejo
CAROLINA: (Se ríe) Bueno, entonces, antes que se vaya, nos vamos a asegurar de invitarlo para que regrese muy pronto a verte, ¿si?
JANO: ¿De veras, mami?
CAROLINA: ¡Claro que si, mi príncipe! Si tú quieres que él te visite, así será.
JANO: (La abraza muy fuerte) ¡Gracias, mami! ¿Le dices tú?
CAROLINA: Yo le digo. Ahora ve con Horacio y tu hermana a la casa grande que hay que lavarse y almorzar.
JANO: ¡¡¡SIII!!! (Se baja de los brazos de Caro y se marcha feliz)
CAROLINA: (Yendo con Nano, que se lavaba un poco la cara) Agobia el calor, ¿no?
EMILIANO: Mucho, es inaguantable.
CAROLINA: ¿Almuerzas con nosotros?
EMILIANO: Si no lo hago, Jano y Lucía no me lo perdonan
CAROLINA: Les caes muy bien
EMILIANO: No es extraño, ayudé a la yegua de Lucía y le enseñé a Nano a montar a su caballo, es lógico que estén agradecidos, los niños son transparentes y eso es lo que más me gusta de ellos, por eso entreno niños y no adultos.
CAROLINA: Mi hijo dice que te vas en la tarde.
EMILIANO: Francisco llega en la noche y quiero verlo, estar con él. Disculpa que no te lo dijera antes, pero estabas tan mal con lo de Fermín que preferí no incomodarte.
CAROLINA: Comprendo, no te preocupes. ¿Qué va a pasar con lo de Augusto?
EMILIANO: Voy a hablar con sus padres y según lo que ellos me digan, procederé.
CAROLINA: Te van a ayudar, lo se. ¿A qué hora te vas?
EMILIANO: Cuando baje un poco el sol.
CAROLINA: ¿Vuelves pronto? Jano quiere que lo visites.
EMILIANO: En cuanto me sea posible, me tendrán de visita. De todas maneras, pensaba llamarte para tenerte al tanto de lo que me digan tus suegros.
CAROLINA: Te lo voy a agradecer.
EMILIANO: (Ve que Caramelo da vueltas, como buscando a alguien) Creo que te esperan.
CAROLINA: (Mira hacia el caballo) Eso parece. ¿Vamos?
EMILIANO: ¿Me llevas?
CAROLINA: Claro.
EMILIANO: No me lo pierdo ni loco.

Ambos sonríen y montados en Caramelo, se van tranquilamente hasta la casa grande. El almuerzo fue ligero y fresco, entretenido y poco después, los hijos y padres de Caro se despidieron para irse a la ciudad.

JANO: ¡Te espero pronto, Nano!
LUCÍA: No te demores en volver.
EMILIANO: No lo haré y los llamo, se los prometo.
JANO: ¡Adiós, Mami, te amo!
CAROLINA: Y yo a ti, hermoso, se portan bien los dos.
LUCÍA: Si. Mamá, te amamos. ¡¡ADIÓS!! (El carro se aleja y sale de la hacienda)
EMILIANO: (Mirando a Caro) ¿Algún paseo final para este que se va en unas horas?
CAROLINA: (Sonríe) De hecho, si. Vamos…

Francisco Iberbia estaba terminando de hacer su maleta y ya sentía desesperación por reencontrarse con su papá. Aitana, su madre, entró al cuarto del pequeño para ver si estaba todo listo.

AITANA: Fran, ¿ya estás listo, hijo?
FRANCISCO: ¡Sólo me falta guardar mi balón en la cajuela del carro, ma!
AITANA: Dame que yo lo guardo y te bajo la maleta. ¿Revisaste todo? No vayas dejar algo aquí.
FRANCISCO: Ya me fijé, ma, no me olvido nada. Oye, me dijo papá que si quieres, te quedes a cenar con nosotros y así se ponen al día.
AITANA: Podría ser, Fran…
FRANCISCO: (Hace gesto de desagrado) ¡Ya se! Te vas a ver con tu novio.
AITANA: Y si, corazón, como tú ibas a quedarte con Nano, yo hice mis planes, hijo, no te enojes.
FRANCISCO: No me enojo, pero quería cenar con los dos.
AITANA: Mira, ahora que vaya a dejarte con tu padre, lo hablamos y arreglamos para cenar los tres juntos.
FRANCISCO: ¿Sin novios?
AITANA: Se llama Cristóbal y si, sin él. Seremos solamente tú, tu papi y yo, ¿está bien?
FRANCISCO: (La abraza) ¡¡Gracias, ma, eres la mejor!!
AITANA: De nada, hijo y ahora a irse, que tus abuelos esperan.
FRANCISCO: ¿Podemos comprar helado?
AITANA: (Se ríe) Si, Francisco, ¡muévete!
FRANCISCO: (Bajando y yendo con su abuelo) ¡¡Vamos a comprar helado, nono!!

El comisario Estieben se encontraba en su despacho, cotejando datos y revisando los papeles que Emiliano le enviara durante la mañana. Algo de lo que veía no le estaba gustando ni cuadrando. Llamó a su asistente.

ESTIEBEN: (Por el intercomunicador) Pedernera, a mi oficina, por favor.
PEDERNERA: (Entrando) Si, mi comisario, ¿qué necesita?
ESTIEBEN: (Anota algo en un papel y se lo da) Busque en el registro de catastro, todo lo que haya sobre estas tierras. Desde el primer registro que exista hasta el día de hoy, pero no lo haga por computadora, vaya a donde corresponda y lo hace a la vieja usanza, Pedernera.
PEDERNERA: Pero, ¿por qué?
ESTIEBEN: ¿Me está cuestionando, oficial? ¿Quiere pasarse una noche en el calabozo con “Pepe, el apestoso”?
PEDERNERA: (Se pone firme) ¡No, mi comisario!
ESTIEBEN: Haga lo que le digo y si alguien pregunta, usted ni menciona mi encargo.
PEDERNERA: ¿Qué digo?
ESTIEBEN: Que lo castigué por preguntón, Pedernera. Diga que está averiguando por unas tierras que quiero comprar o algo de eso, pero no mencione esas que le anoté. ¿Estamos?
PEDERNERA: ¡¡Si, mi comisario!! Una pregunta más.
ESTIEBEN: Diga
PEDERNERA: Lo que encuentro, ¿se lo traigo o lo escaneo o qué?
ESTIEBEN: Me anota en un papel el folio o donde lo encontró. Después veo cómo me arreglo para sacar la información de esos registros
PEDERNERA: ¡Señor, si, señor!
ESTIEBEN: Vaya, pues, ¿qué hace ahí parado? Tómese el tiempo que le haga falta y mande a García para que lo cubra y ya sabe, ni una palabra a nadie o se va a quedar un mes siendo compañero de celda de Pepe…
PEDERNERA: Así será, callado, señor. Con su permiso…

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