Al otro día, regresando del funeral y posterior entierro de Fermín, la familia se quedó en la sala de la casa grande. El silencio era completo y doloroso.
AURORA: (Entrando) ¿Se les ofrece algo, patrones?
CAROLINA: Si, Aurora, que todos ustedes se retiren a
descansar. Sin discusiones, que los empleados se tomen lo que resta de hoy y
mañana. Santa Cecilia está de luto y ustedes más que nadie. (Aurora se retira)
Creo que lo mejor es que nos vayamos a la ciudad, gente. Dejemos que los
trabajadores descansen.
PABLO: Me parece bien. Voy a preparar mis cosas.
ALMA: Yo me quedo.
FELIPE: Nosotros si vamos a irnos, hijos, tenemos
cosas que hacer en la ciudad. ¿Vamos, amor?
ISABEL: Si, viejo. (Se retiran con Pablo)
CAROLINA: (A su hermana) ¿Te vas a quedar con Horacio?
ALMA: Está destrozado, Fermín era como un padre para
él.
CAROLINA: Me parece bien y también me parece que ya
va siendo hora que los dos aclaren su situación con papá y mamá
ALMA: Aún no, Caro. Voy a darme un baño. (Besa a su
hermana en la frente y sale)
AURORA: (Volviendo) Señora, muchas gracias por todo
esto.
CAROLINA: Es lo menos que puedo hacer por ustedes.
Dime algo, ¿sabes dónde están mis hijos?
AURORA: En los potreros, con el señor Emiliano.
CAROLINA: (Se extraña) Gracias y ya, ve a descansar.
Por la casa, no te preocupes, yo me hago cargo de todo. Buenas tardes…
AURORA: Buenas tardes y gracias otra vez…
Pampa salió de la casa, buscó a Caramelo y cabalgó
tranquilamente hasta los potreros que estaban alejados de la casa. Lucía estaba
sentada junto a Horacio, viendo cómo Emiliano montaba a Esfinge con Jano junto
a él
LUCÍA: ¡Eso, Jano!
EMILIANO: (Le daba las riendas al niño, sin
soltarlas del todo) Despacio, campeón, tienes que ser muy sutil para que el
animal comprenda la orden
JANO: ¿Cómo?
EMILIANO: Con las riendas, tú le indicas lo que
quieres. Por ejemplo, tira suavemente hacia la izquierda.
JANO: (Lo hace y Esfinge va hacia ese lado) ¡Wow,
Nano! ¡Me obedeció!
LUCÍA: ¡¡Bien, Jano!!
EMILIANO: ¡Eso, eso! ¿Ves, enanito? Es fácil si
tienes paciencia…
LUCÍA: Nano, eres un genio, mi hermano nunca se
animó a montarlo.
EMILIANO: Es que tiene que sentir confianza, Lucía,
pero tanto tú como tu hermano, tienen los genes de Carolina y se les ve que son
jinetes natos
HORACIO: (Ve a Caro y la ayuda a bajarse de
Caramelo) ¡El niño Jano está montando a Esfinge y muy bien! El señor Emiliano
de verdad que sabe lo que hace.
CAROLINA: Ya veo, Horacio. (Le da las riendas)
Gracias
HORACIO: Por nada, patrona… (Se aleja un poco con el
caballo)
JANO: (Marcaba el camino y Esfinge lo obedecía)
¡Mira, Nano!
EMILIANO: Lo haces como un experto, Jano, muy bien…
LUCÍA: ¡Nano, galopen!
EMILIANO: Espera, Lucía, dale un poco de tiempo…
CAROLINA: (A su hija, después de darle un beso y un
abrazo por detrás) ¿Nano?
LUCÍA: Si, mami, así nos contó Emiliano que lo
llaman en su familia y nos pidió que le digamos igual
CAROLINA: (Mirando a ese hombre que la tenía tan
inquieta) Así que “Nano”…
La hacendada se quedó junto a su hija, mirando cómo
el pequeño Jano montaba por primera vez al caballo que su papá le había
regalado. En cierto momento, Carolina y Emiliano se encontraron en una mirada y
fue un instante tan mágico, como perfecto…
En el campo de entrenamiento, Jano montaba con mucha
seguridad, ya que con Nano, había logrado sentirse a gusto con Esfinge y se le
notaba, porque quería ir al galope. Carolina y Lucía los observaban entre risas
y aplausos para el pequeño que, por primera vez podía subirse al caballo que le
compraran cuando el niño nació.
El calor de la tarde caía como guillotina y para la
hora del almuerzo, Jano estaba exhausto y después de algo que Emiliano le dijo,
su sonrisa ensombreció. Caro se dio cuenta y quiso saber qué pasaba, así que se
acercó a su hijo, que acababa de bajarse del animal que montaba.
CAROLINA: (Haciéndole upa) ¿Qué tienes, mi amor?
JANO: (Estaba muy triste) Es que Nano se va en la
tarde, mami y yo no quiero
CAROLINA: ¿Se va? (la idea no le agradó nada) ¿Te
dijo el por qué?
JANO: (Afirma con la cabeza) Porque su hijo vuelve
de sus vacaciones (Se puso a llorar)
CAROLINA: Tranquilo, Jano, ¿tú quieres volver a ver
a Emiliano?
JANO: Si, mucho, es mi amigo viejo
CAROLINA: (Se ríe) Bueno, entonces, antes que se
vaya, nos vamos a asegurar de invitarlo para que regrese muy pronto a verte,
¿si?
JANO: ¿De veras, mami?
CAROLINA: ¡Claro que si, mi príncipe! Si tú quieres
que él te visite, así será.
JANO: (La abraza muy fuerte) ¡Gracias, mami! ¿Le
dices tú?
CAROLINA: Yo le digo. Ahora ve con Horacio y tu
hermana a la casa grande que hay que lavarse y almorzar.
JANO: ¡¡¡SIII!!! (Se baja de los brazos de Caro y se
marcha feliz)
CAROLINA: (Yendo con Nano, que se lavaba un poco la
cara) Agobia el calor, ¿no?
EMILIANO: Mucho, es inaguantable.
CAROLINA: ¿Almuerzas con nosotros?
EMILIANO: Si no lo hago, Jano y Lucía no me lo
perdonan
CAROLINA: Les caes muy bien
EMILIANO: No es extraño, ayudé a la yegua de Lucía y
le enseñé a Nano a montar a su caballo, es lógico que estén agradecidos, los
niños son transparentes y eso es lo que más me gusta de ellos, por eso entreno
niños y no adultos.
CAROLINA: Mi hijo dice que te vas en la tarde.
EMILIANO: Francisco llega en la noche y quiero
verlo, estar con él. Disculpa que no te lo dijera antes, pero estabas tan mal
con lo de Fermín que preferí no incomodarte.
CAROLINA: Comprendo, no te preocupes. ¿Qué va a
pasar con lo de Augusto?
EMILIANO: Voy a hablar con sus padres y según lo que
ellos me digan, procederé.
CAROLINA: Te van a ayudar, lo se. ¿A qué hora te
vas?
EMILIANO: Cuando baje un poco el sol.
CAROLINA: ¿Vuelves pronto? Jano quiere que lo
visites.
EMILIANO: En cuanto me sea posible, me tendrán de
visita. De todas maneras, pensaba llamarte para tenerte al tanto de lo que me
digan tus suegros.
CAROLINA: Te lo voy a agradecer.
EMILIANO: (Ve que Caramelo da vueltas, como buscando
a alguien) Creo que te esperan.
CAROLINA: (Mira hacia el caballo) Eso parece.
¿Vamos?
EMILIANO: ¿Me llevas?
CAROLINA: Claro.
EMILIANO: No me lo pierdo ni loco.
Ambos sonríen y montados en Caramelo, se van tranquilamente
hasta la casa grande. El almuerzo fue ligero y fresco, entretenido y poco
después, los hijos y padres de Caro se despidieron para irse a la ciudad.
JANO: ¡Te espero pronto, Nano!
LUCÍA: No te demores en volver.
EMILIANO: No lo haré y los llamo, se los prometo.
JANO: ¡Adiós, Mami, te amo!
CAROLINA: Y yo a ti, hermoso, se portan bien los
dos.
LUCÍA: Si. Mamá, te amamos. ¡¡ADIÓS!! (El carro se
aleja y sale de la hacienda)
EMILIANO: (Mirando a Caro) ¿Algún paseo final para
este que se va en unas horas?
CAROLINA: (Sonríe) De hecho, si. Vamos…
Francisco Iberbia estaba terminando de hacer su
maleta y ya sentía desesperación por reencontrarse con su papá. Aitana, su
madre, entró al cuarto del pequeño para ver si estaba todo listo.
AITANA: Fran, ¿ya estás listo, hijo?
FRANCISCO: ¡Sólo me falta guardar mi balón en la
cajuela del carro, ma!
AITANA: Dame que yo lo guardo y te bajo la maleta.
¿Revisaste todo? No vayas dejar algo aquí.
FRANCISCO: Ya me fijé, ma, no me olvido nada. Oye,
me dijo papá que si quieres, te quedes a cenar con nosotros y así se ponen al
día.
AITANA: Podría ser, Fran…
FRANCISCO: (Hace gesto de desagrado) ¡Ya se! Te vas
a ver con tu novio.
AITANA: Y si, corazón, como tú ibas a quedarte con
Nano, yo hice mis planes, hijo, no te enojes.
FRANCISCO: No me enojo, pero quería cenar con los
dos.
AITANA: Mira, ahora que vaya a dejarte con tu padre,
lo hablamos y arreglamos para cenar los tres juntos.
FRANCISCO: ¿Sin novios?
AITANA: Se llama Cristóbal y si, sin él. Seremos
solamente tú, tu papi y yo, ¿está bien?
FRANCISCO: (La abraza) ¡¡Gracias, ma, eres la
mejor!!
AITANA: De nada, hijo y ahora a irse, que tus
abuelos esperan.
FRANCISCO: ¿Podemos comprar helado?
AITANA: (Se ríe) Si, Francisco, ¡muévete!
FRANCISCO: (Bajando y yendo con su abuelo) ¡¡Vamos a
comprar helado, nono!!
El comisario Estieben se encontraba en su despacho,
cotejando datos y revisando los papeles que Emiliano le enviara durante la
mañana. Algo de lo que veía no le estaba gustando ni cuadrando. Llamó a su
asistente.
ESTIEBEN: (Por el intercomunicador) Pedernera, a mi
oficina, por favor.
PEDERNERA: (Entrando) Si, mi comisario, ¿qué
necesita?
ESTIEBEN:
(Anota algo en un papel y se lo da) Busque en el registro de catastro, todo lo
que haya sobre estas tierras. Desde el primer registro que exista hasta el día
de hoy, pero no lo haga por computadora, vaya a donde corresponda y lo hace a la
vieja usanza, Pedernera.
PEDERNERA: Pero, ¿por qué?
ESTIEBEN:
¿Me está cuestionando, oficial? ¿Quiere pasarse una noche en el calabozo con
“Pepe, el apestoso”?
PEDERNERA: (Se pone firme) ¡No, mi comisario!
ESTIEBEN:
Haga lo que le digo y si alguien pregunta, usted ni menciona mi encargo.
PEDERNERA: ¿Qué digo?
ESTIEBEN:
Que lo castigué por preguntón, Pedernera. Diga que está averiguando por unas
tierras que quiero comprar o algo de eso, pero no mencione esas que le anoté.
¿Estamos?
PEDERNERA: ¡¡Si, mi comisario!! Una pregunta más.
ESTIEBEN:
Diga
PEDERNERA: Lo que encuentro, ¿se lo traigo o lo
escaneo o qué?
ESTIEBEN:
Me anota en un papel el folio o donde lo encontró. Después veo cómo me arreglo
para sacar la información de esos registros
PEDERNERA: ¡Señor, si, señor!
ESTIEBEN:
Vaya, pues, ¿qué hace ahí parado? Tómese el tiempo que le haga falta y mande a
García para que lo cubra y ya sabe, ni una palabra a nadie o se va a quedar un
mes siendo compañero de celda de Pepe…
PEDERNERA: Así será, callado, señor. Con su permiso…

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