lunes, 12 de agosto de 2013

“LA PAMPA” – Capítulo 001



Augusto González Miño, provenía de una buena familia. Sus padres lo habían adoptado, al igual que a sus cuatro hermanos y a todos, los educaron bajo conceptos de amor, solidaridad y lealtad. El muchacho jamás supo su verdadero origen y siempre tuvo presente que lo que Óscar y Norma hicieron por él, fue elegirlo como hijo. Interesado desde muy pequeño por la tierra y los animales, decidió estudiar veterinaria, pero un año antes de ingresar a la universidad, su vida cambió al conocer a Carolina Mouriño, la hermosa hija de don Felipe, el dueño de la empresa que lo había tomado como cadete.

Carolina era dos años menor que Augusto, pero el muchacho no vio en ella la edad, sino su frescura, su sonrisa y su mirada. La adolescente, que por aquella época tenía 16 años, también se había flechado con el joven cadete y eso la llevó a visitar frecuentemente la empresa de su progenitor.

Una tarde como cualquier otra, mientras hacía su trabajo dentro del edificio, Augusto se encontró a solas con la simpática muchacha y allí, estando solos, no pudieron evitar que los sentimientos afloraran y el cadete comprendió que para merecer a Carolina, tenía que transformarse en un hombre capaz de darle la vida de princesa a la que ella estaba acostumbrada.
Convencido que para hacer las cosas bien tenía que enfrentar al dueño de todo, el joven se las arregló para conseguir una reunión con Felipe. En su oficina, el padre de la novia, lo miraba, haciendo un severo escrutinio de su yerno.

FELIPE: ¿Qué está enamorado de Carolina?
AUGUSTO: (Calmado, sereno) Como lo escucha, señor y se que no estoy a la altura de lo que ella merece y por eso me encuentro aquí, enfrentándolo. Quiero ser el hombre que la merezca y el primer paso es decirle a usted que su hija y yo, nos amamos.
FELIPE: (Incrédulo) ¿Ella también lo ama?
AUGUSTO: Si, pero le juro por mis padres que no hemos hecho nada. No sería capaz de faltarle a Caro, para mí, es como de cristal. Además, mi padre me enseñó a ir derecho por la vida. Su hija sabe que estoy aquí, no le oculto nada.
FELIPE: ¿Qué pretendes, muchacho?
AUGUSTO: Lo que le dije, convertirme en un hombre que pueda hacer feliz a Carolina y que pueda brindarle la vida que ella debe llevar.
FELIPE: Para eso hay que trabajar mucho y tener dinero.
AUGUSTO: Lo se. Yo tenía pensado estudiar para veterinario, pero deberé dejarlo para más adelante. Acabo de ganar una beca para estudiar Ingeniería agrónoma.
FELIPE: ¿Ganaste la beca? ¿Cómo?
AUGUSTO: Estudiando después del trabajo, señor. Puede comprobarlo. No quiero que nadie me regale nada.
FELIPE: ¿Para qué viniste a verme?
AUGUSTO: Para que sepa y de mis propios labios, que pienso casarme con su hija. Con el amor que le tengo, la voy a hacer muy feliz y con mis propias manos, le daré la vida de reina que usted le da. Sólo quería que supiera que somos novios y que un día, seremos esposos…

Cuatro años más tarde, la promesa se cumplió y la pareja contrajo matrimonio en una bellísima ceremonia. Augusto aún estudiaba y Caro estaba cursando el segundo año de medicina. Eran muy felices y se adoraban. El ex cadete trabajó con ahínco y sacrificio hasta que logró convertirse en la mano derecha de su suegro. Todo lo que sabía sobre administración de empresas, lo aprendió con su esfuerzo, trabajo duro y la tutoría de Felipe, quien encontró en ese muchacho un buen alumno y un gran hombre: honesto, generoso, muy trabajador, leal y que adoraba a Carolina.

La hacienda Santa Cecilia, era el bien material más preciado para los Mouriño ya que llevaba generaciones en sus manos y cuando las cosas allí empezaron a andar mal, Felipe no dudó en poner a su predilecto a cargo y fue así que Augusto tomó las riendas de las tierras preferidas de su familia política.
Los tiempos se le acortaban entre los viajes y eso generaba que viera menos a Caro, pero más allá de alguna pelea o discusión al respecto, la pareja supo amoldarse a los cambios. Un año después de casarse, llegó Lucía y  cuando la niña tenía tres años, Jano apareció en la vida de todos.

Al terminar su carrera y recibir el título de Ingeniero Agrónomo, Augusto recibió una oferta de trabajo que lo tentó en demasía: su suegro, quien tenía negocios en México y en Argentina al mismo tiempo, pasaba seis meses en cada país y  quería que su hija y su esposo, con niños incluidos, se instalaran en Santa Cecilia y que se hicieran cargo por completo. Don Felipe sabía que la única manera de poder volver aquella hacienda al lugar que correspondía, era con su yerno y con su hija allí, cuidando lo de ellos, velando por lo que les pertenecía.

Una noche, al llegar a su cómoda casa del Distrito Federal, el ingeniero se encontró con sus dos hijos ya dormidos y con su esposa, hermosa como siempre, esperándolo para cenar.

AUGUSTO: (Dándole un besote) Perdón por la hora. Odio llegar y que los niños estén dormidos.
CAROLINA: Lo se, precioso, pero si sigues yendo y viniendo de la hacienda, te va a pasar a menudo.
AUGUSTO: (Se sienta en el sofá, junto a ella, entrelazando los dedos) ¿Qué hacemos, Caro? Yo se que tienes la universidad aquí y que quieres terminar la carrera y quiero que lo hagas, que cumplas tus sueños…
CAROLINA: (Lo mira y le da un pico) Yo se que estoy un poco negada a irnos a la hacienda. Amo Santa Cecilia, pero quiero ser toda una médica. (Él agacha la mirada y ella le levanta el rostro) Mi amor, para que esto funcione, los dos tenemos que hacer sacrificios, ¿no?
AUGUSTO: Ajá…
CAROLINA: ¡Ey! ¿Me miras? (Él lo hace) Estuve hablando con mis profesores de la universidad y les expliqué la situación y como soy una de las mejores de mi clase, accedieron a concederme ciertas cosas.
AUGUSTO: ¿Qué cosas?
CAROLINA: Las prácticas no puedo perderlas, pero las clases teóricas si. Por lo tanto, en lo que resta de este año, sólo tengo que ir unas cuantas semanas y para el año que viene, los niños van a estar más grandes, acostumbrados a Santa Cecilia y el viaje diario a la ciudad, no va a ser tan pesado. Dos horas de ida y otras tantas de vuelta, nada del otro mundo. Hay veces que estás el doble de tiempo atascado en el tráfico del periférico…
AUGUSTO: (Absorto en lo que su esposa le decía) ¿Los niños estarán acostumbrados a Santa Cecilia?
CAROLINA: ¡Claro! Además, la idea que crezcan en ese sitio, me fascina. Pasé días muy hermosos allá y la gente es increíble. Se que vamos a poder adaptarnos y que sacaremos la hacienda adelante, mi amor.
AUGUSTO: ¿Me lo dices en serio, Caro?
CAROLINA: Si, Augusto. Si estamos juntos, podremos hacer lo que sea. Además, hablé con mis hermanos y me van a ayudar. Alma y Pablo se van a quedar con ellos cuando yo tenga que ir a la Cruz roja y cuando mis padres estén en México, también van a colaborar.
AUGUSTO: (Feliz) Dios ha sido demasiado generoso conmigo, mi cielo. Tu amor, nuestra familia, poder trabajar de esto que tanto me apasiona… Ya no puedo pedir más nada, Carito, no necesito más que esto para ser completamente dichoso…
CAROLINA: ¿No?
AUGUSTO: No…
CAROLINA: (Se pone de pie, pícara) Y yo que pensaba entregarte todo lo que hay debajo de mi ropa… (Hace un gesto de decepción) ¡Lástima que no te haga falta! (Se gira y se encamina hacia la recámara matrimonial)
AUGUSTO: (Rápido, la toma de la cintura, la carga y se la lleva) Eso siempre me hace falta, esposita mía, nunca tengo suficiente de ti…
CAROLINA: ¡Más te vale, hocicón! (Se ríen)

En el cuarto, la pareja se entregó a su sentir sin darse tregua. La mañana los encontró desnudos y agotados, pero felices. Un mes más tarde, ellos y los pequeños, (Lucía ya tenía cuatro años y Jano, acababa de cumplir uno), estaban instalados en la hacienda.
Augusto se encontró con una administración revuelta, pero entre él, Caro y Horacio, el capataz, pusieron todo en orden en un santiamén. Algunos años pasaron y durante ese tiempo, el yerno de Don Felipe, descubrió que el verdadero problema vivía en la hacienda vecina.
La familia Terranova competía directamente con Santa Cecilia y Augusto sospechaba que el hijo mayor del matrimonio dueño de aquello, no jugaba con armas limpias. No demoró demasiado en confirmarlo y junto con el gran descubrimiento que hizo, desafortunadamente, Augusto firmó su sentencia de muerte. Creyendo que el silencio protegería a su familia, el ahora hacendado, le pidió a su esposa que se tomara un tiempo en la ciudad y como ella tenía que hacer las prácticas en la Cruz Roja, no vio nada de raro en hacerlo.

Gabriel Tausch, policía de profesión, estaba dentro del departamento que investigaba el tráfico de animales exóticos. Leal y honesto como era, perseguía a los delincuentes y los atrapaba sin piedad ni negociación posible. Cuando su gran amigo desde la infancia, Augusto, lo llamó para verse, Gabriel nunca imaginó que las sospechas de aquel, lo llevarían a descubrir una de las redes de tráfico animal más grandes que existían en el país.
Con el pasar de los meses, el hacendado le daba datos certeros al oficial, para poder detener embarques e incluso, pudieron detectar que en varios de los animales, había camuflados, paquetes de cocaína y marihuana.
Esperando el momento propicio para dar el zarpazo final y apresar al mandamás de la organización, Gabriel recaudaba toda la información en varios dispositivos usb.

Una noche, varios días antes de la emboscada al jefe de los narcotraficantes, Gabriel y Augusto decidieron verse para finiquitar ciertos detalles.
El policía, quizás con un sexto sentido, decidió guardar todos sus archivos y dejarlos en una caja que tenía como destinatario a su mejor amigo y colega, Emiliano Iberbia, detective también, pero de homicidios. Antes de irse a su encuentro, Gabriel besó a su pequeño hijo, hizo el amor apasionadamente con su esposa, se vistió y se fue.

Augusto, por su lado, aquel día lo pasó en familia. Se lo dedicó por entero a su mujer y a sus hijos y al retornar a Santa Cecilia, bañó a los dos pequeños, los acostó y después, metidos en la tina, él y Carolina se entregaron a sus bajos instintos desenfrenadamente.

CAROLINA: (Terminando de vestirse para dormir) Amor, no me gusta nada esa reunioncita con Gabriel
AUGUSTO: Lo se, Caro, pero es importante. Tú sabes que hay mucho en juego.
CAROLINA: (Se acercó y lo rodeó con sus brazos) Si. Y amo que seas tan derecho y leal, pero me da miedo. Me dices que esa gente es peligrosa, pero no me explicas quiénes son, ni qué hacen.
AUGUSTO: (La besa) Prometo, princesa, que cuando vuelva de ver a mi amigo, te lo cuento todo.
CAROLINA: ¿Todo? (Se da cuenta que Augusto miraba sus senos) Hermoso, ¿los quieres? (Se abre la bata)
AUGUSTO: (Mira la hora) ¡Si, los quiero y mucho! (Toma a Caro de la cintura y le besa todo el torso, sintiendo como volvía a tener una aguda erección) Me vuelves loco, Caro… Necesito hacerte el amor ya…
CAROLINA: (Se desnuda por completo) ¿Qué te lo impide?

Varias horas después, una patrulla encontraba el carro de Augusto estrellado contra un árbol. No quedaba un pedazo del auto en condiciones y los pasajeros del mismo, yacían inertes dentro de él…
A nadie le pareció raro que el empresario se encontrara junto al detective, ya que al investigar un poco sus vidas, se supo que eran amigos desde la infancia y solían verse.
Cuando la policía indagó con Carolina sobre el asunto, entre el dolor por la pérdida de su esposo y la ignorancia de la verdad que había detrás de aquellos últimos encuentros de ambos hombres, la viuda dejó en claro que se querían como hermanos y que se reunían por pura amistad.
Los pasados de la dupla de occisos eran limpios y como nada pareció indicar lo contrario, se caratuló esa causa como “accidente” y se cerró el caso, sin investigaciones y de manera rápida y discreta. Según se comentó durante un largo tiempo dentro de la fuerza policial, “el detective Tausch murió porque su amigo perdió el control del auto”…

Para Carolina, sin embargo, había algo más, pero su dolor y la necesidad de pensar en otras cosas, alejaron aquel pensamiento de su cabeza…

4 comentarios: