lunes, 12 de agosto de 2013

“LA PAMPA” – Capítulo 002



Si bien en un primer momento, lo hizo por necesitar ocupar su mente en algo ajeno a su reciente viudez, con el pasar del tiempo, Carolina encontró en la administración y en las responsabilidades de Santa Cecilia, una vocación que hasta aquella época, le era desconocida. Siempre había amado esas tierras, pero ahora que las conocía en profundidad, su amor se convirtió en devoción. Dejó sus estudios universitarios y se enfocó en la hacienda y en sus hijos: ese era todo su mundo.

Ser una mujer de negocios, la forzó a transformar su carácter y endureció sus modos, para que nadie la creyera débil o una “niña de papá”, como la trataban en los comienzos. Sus intempestivas risas se fueron haciendo gestos de seriedad y su calidez natural, se fundió en dureza y frialdad. Como administradora y dueña de Santa Cecilia, era de mano dura, pero justa. Sus empleados la respetaban y obedecían al pie de la letra. Ella se dedicaba a aprender cada vez más y no se ponía en pose de “la dueña”, al contrario, aunque gruñona y malhumorada, Caro se permitía aprender de la experiencia de los trabajadores y no le costó demasiado convertirse en una experta tanto en los negocios, como en el campo. Su candidez y su dulzura, eran exclusividad de Jano y Lucía, quienes eran los únicos que conservaban a la Carolina de siempre: amorosa, divertida y sociable. Fuera de los dos pequeños, nadie más volvió a verla sonreír y gozar la vida como cuando Augusto vivía.

Su perseverancia, inteligencia y perspicacia, la llevaron a aprender todo muy pronto y al año de enviudar, ya todos sabían quién era ella y ella sabía casi todo, de todos los demás. En sus tierras, en las haciendas vecinas y en, “La Cruz”, el pequeño pueblo que había entre la ciudad y Santa Cecilia, todo mundo reconocía su poderío, su inteligencia y su sagacidad. Nadie ignoraba la existencia de “La Pampa”…


Emiliano “Nano” Iberbia, era un joven detective de 33 años. Hijo menor del matrimonio de Aldo Iberbia y Serena Castillo, su hermano Donato, tres años mayor, vivía en Francia por asuntos de trabajo y los visitaba dos o tres veces al año. Los padres de ambos, viajaban al país galo otras tantas y Emiliano lo hacía como y cuando podía, Donny y él, se adoraban y sufrían la distancia.

Al terminar sus estudios en la preparatoria, Nano decidió ingresar a la policía para poder seguir los pasos de su difunto abuelo, de quien el joven era homónimo y el primer día en la academia, conoció al hombre que se convertiría en su colega, amigo y hermano de la vida; Gabriel Tausch.
Todo lo hacían juntos, incluso conocer a dos mujeres con las que terminarían casándose: Emiliano con Aitana y Gabriel con Claudia. Los dos fueron papás, pero eso sí, con algunos años de diferencia. Nano y su esposa tuvieron a Francisco poco más de un año después de casarse, mientras que Gabriel y Clau, se esperaron un poco y casi seis años después de las nupcias, llegó Constantino.  

La sorpresiva e inesperada muerte de su amigo, sumió a Emiliano en una profunda tristeza y no la supo manejar. Su desolación fue demasiada y terminó divorciándose de Aitana y pidiendo la baja de la policía. Estuvo un mes en Francia con su hermano y al volver, el jefe de la fuerza lo buscó y le ofreció que se reintegre y aunque más no fuera, se dedicara a la parte administrativa.

Nano se enfocaba en su trabajo, en sus padres, pero sobre todo en su hijo, que era el único ser que podía quitarle la tristeza. Desde muy pequeño, Francisco Iberbia había sentido admiración y un profundo amor por los caballos y por acompañar al pequeño en sus gustos, el mismo Nano le tomó el gusto y con el pasar de los años, no sólo se transformó en un experto jinete, sino que además, se volvió adiestrador de los equinos y en uno de los mejores, dicho sea de paso.

Cuando se estaba por cumplir el tercer año del deceso de Gabriel, Claudia llamó a Emiliano y le pidió que fuera a verla porque se iría del país y tenía que entregarle algunas cosas que su difunto marido le había dejado. Nano iba a verla una o dos veces por semana y hablaban por teléfono casi a diario, por lo que le pareció extraño y acudió a la cita. Poco después de llegar, cenaron junto a Costa, así le decían al pequeño Constantino y una vez que el niño se durmió, Claudia le entregó una caja.

EMILIANO: ¿Qué hay aquí?
CLAUDIA: Ni idea, como te dije, la encontré de casualidad. Estaba medio escondida en el desván y nunca antes la había visto. Se ve que te la iba a dar, pero pasó lo que pasó y no le dio tiempo.
EMILIANO: (Mira el paquete y tenía su apodo escrito) “Nano”…
CLAUDIA: ¿No la vas a abrir?
EMILIANO: ¿No te molesta?
CLAUDIA: No, menso, tengo curiosidad.
EMILIANO: (Quita la tapa y a primera vista, había discos viejos, libros, apuntes, fotos y una bolsa con varios dispositivos de usb) Son cosas de la academia y algunos objetos que le presté.
CLAUDIA: Seguramente con el tema de la mudanza, te lo juntó para devolverlo… (No le prestó atención a la bolsita con los dispositivos)
EMILIANO: Puede ser… ¿Pudiste recuperar el dinero de aquella casa a la que se iban a ir o aún no?
CLAUDIA: Nada, el abogado sigue con eso, pero es largo, Nano, y ya me tiene cansada todo el asunto.
EMILIANO: Bueno, si ahora que te vas, necesitas dejar a alguien de confianza a cargo, estoy para servirte.
CLAUDIA: Lo se y te lo agradezco, mi hermana se va a ocupar.
EMILIANO: (Asiente) Le das mi número y dile que si necesita cualquier cosa, me llame.
CLAUDIA: Si le muestro tu foto y le doy el número de tu celular, te va a llamar, fírmalo… (Se ríen)
EMILIANO: Sabes que siempre me van a tener. Costa y tú, son mi familia.
CLAUDIA: Y tú eres nuestra familia también. Mi hijo te ama, eres su ídolo y para mí, eres un hermano.
EMILIANO: (Se abrazan) ¿Cuándo te vas al final?
CLAUDIA: El mes próximo, mi papá me espera en Barranquilla.
EMILIANO: Va a ser bueno, tengo vacaciones gratis en Colombia. (Se ríen)
CLAUDIA: ¡Siempre!

Un par de horas más tarde, en su departamento, Emiliano revisaba la caja detenidamente y sonreía con las fotos, se emocionaba con los discos y cada recuerdo de su amistad con Gabriel, le generaba una mezcla agridulce entre la felicidad de haberlo tenido en su vida y el dolor de la ausencia del ser amado. De repente, su atención se volvió hacia la bolsita de usb. Tomó uno y lo conectó a su notebook.

Sus gestos se transformaron de manera absoluta y de a uno, revisó todos. Al terminar, sabía que a Gabriel y al otro hombre los habían asesinado y sabía que el objetivo de su vida, sería hacerles justicia.

Aldo Iberbia y Serena Castillo, tenían un matrimonio muy sólido y se amaban profundamente. Criaron a sus dos hijos con buenos valores y con sentido de la justicia y la solidaridad. Sin embargo, no siempre las cosas fueron así y al poco tiempo de haber nacido Donato, la pareja se separó y mantuvo esa separación durante casi dos años. En aquel lapso de tiempo, Aldo estuvo involucrado con otra mujer, pero eso se terminó cuando Serena lo buscó para decirle que lo amaba y que aceptaba lo que él le pidiera con tanta vehemencia: una segunda oportunidad. La pareja se reconcilió y al tiempo,
Serena supo que Emiliano venía en camino.

Algunos años más tarde, en una reunión de negocios, Aldo volvió a ver a esa antigua amante y ella le confesó que había tenido un hijo y que ese hijo podría ser suyo. Como la mujer estaba casada por la época en la que se relacionó con el padre de Nano, nunca supo de quién era el niño y ante la duda, prefirió darlo en adopción. En los tiempos del parto, el marido de la joven, estaba de viaje y nunca se enteró de la verdad. Se creyó el cuento de su esposa que el pequeño había nacido muerto y con todo el dolor de aquella pérdida, prosiguió con su vida y criando al primogénito del matrimonio, con toda la adoración que un padre devoto, les brinda a sus hijos. La vida recompensaría el corazón de ese buen hombre, con la llegada de una niña varios años después.

Desde que supo sobre esa posibilidad y supo quién fue la familia que había adoptado a ese pequeño, Aldo no tuvo paz, pero se acobardó y por miedo a perder a su mujer y a sus hijos, calló esa verdad que le quemaba el pecho. Nunca se imaginó que sería el mismísimo Emiliano, quien traería ese fantasma de nuevo a su vida.

Una semana después de recibir la caja de Gabriel, Nano fue a ver a sus padres que habían estado visitando a su hermano y cuando se vio a solas con su padre, no pudo contenerse.

ALDO: (Viendo a su hijo menor tan angustiado) ¿Qué pasa, Nano? Me preocupas.
EMILIANO: Es que descubrí algo sobre la muerte de Gabriel, papá y no se cómo manejar la información. Me estoy volviendo loco.
ALDO: A ver, hijo, tranquilo. Cuéntame, ¿qué descubriste?
EMILIANO: Gabriel estaba a punto de desbaratar una organización que trafica con ciertas drogas y con animales exóticos.
ALDO: Continúa…
EMILIANO: Todo esto llegó a sus manos por un viejo amigo de Gaby. Y entre los dos, recaudaban pruebas e información para poder detenerlos
ALDO: ¿Piensas que esta gente los descubrió?
EMILIANO: No lo pienso, lo se. Gabriel lo sospechaba y por eso me dejó copias de toda la investigación.
ALDO: ¿Seguro?
EMILIANO: Si, papá. Ese cabezón sabía que lo estaban vigilando y quiso sacar de la movida a su amigo, para eso lo citó la noche que murieron. Estos malditos no le dieron tiempo de salvar al pobre tipo.
ALDO: ¿También policía?
EMILIANO: No, nada que ver. El hombre era un empresario, de buena familia. Dedicado a la venta y compra de caballos de carreras. También se dedicaba al adiestramiento de caballos para competencias de equitación y muestras ganaderas.
ALDO: ¿Lo conocías?
EMILIANO: Sólo de nombre, pero su hacienda tiene la mejor reputación.
ALDO: ¿Quién era?
EMILIANO: Augusto González Miño, ¿lo escuchaste nombrar?

Aldo empalideció. Cuando pasó lo de Augusto y Gabriel, él y Serena se encontraban en Francia y al volver, casi un mes más tarde, fue que se enteraron. Nano le contó a su hermano, pero le pidió a este absoluta discreción, por lo tanto, la pareja sintió el dolor de la pérdida de un muchacho al que consideraban parte de la familia, pero no se enteró de los pormenores, ni estuvo presente cuando los medios de todo el país ponían la noticia en primera plana.

EMILIANO: ¡Papá! (Preocupado) ¡PAPÁ! ¿Qué tienes, gigante?
ALDO: (Le costaba respirar) No se, hijo, llama a un médico…

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