Aldo tuvo un infarto y estuvo bastante mal por tres días. Al mejorar un poco, lo primero que hizo fue llamar a su abogado y cambiar el testamento: los Iberbia eran dueños de un prominente negocio hotelero y tenían una posición económica muy bien acomodada y en crecimiento.
Finalizado el trámite de la herencia, Aldo
llamó Donato y lo hizo volver a su tierra para poder hablar con sus dos hijos y
contarles la verdad: ese hijo que tuvo con aquella mujer, podría haber sido Augusto
González Miño y él quería saberlo antes de morir, pero en caso de no lograrlo,
hizo que sus muchachos le juraran por el amor a su madre, que buscarían a la
familia del hombre y en caso de ser sangre de su sangre, le darían la parte que
le correspondiera.
Los hermanos se miraron y aunque les costó
comprender, terminaron por aceptar lo que oían y prometer a su padre que
cumplirían su voluntad. Dos días más tarde, Aldo dejó de existir. El hombre
sabía que el infarto sería su fin y por eso actuó como lo hizo.
Un mes después, Serena partió a Francia para
reunirse con Donato y en común acuerdo con su hermano mayor, Emiliano tomó
rumbo hacia Santa Cecilia, sabiendo que ahora estaba a cargo de Carolina, “La Pampa”, Mouriño y que allí
no sólo cumpliría con la promesa hecha a su papá sino que además, desde aquel
sitio, tenía la chance de hacerle justicia a Gabriel y a su potencial medio
hermano. Lo que nunca imaginó es que en esas tierras, encontraría al amor de su
vida, disfrazada de mal humor y enojo constante.
El trayecto era de dos horas, pero como a
cinco kilómetros de la entrada a la hacienda, el carro se le descompuso y no le
quedó más remedio que ir a pie. La zona se veía hermosa y a medida que avanzaba
en el camino, bajo el sol urgente del mediodía, a su derecha se divisaban
campos de entrenamiento para caballos y muchos ejemplares bellísimos…
EMILIANO: Debo estar muy cerca... (Vio que
había un pequeño río) ¡ESTO ES SUERTE! Necesito refrescarme…
Se trepó por la alambrada y caminó como
cincuenta metros hasta que pudo llegar al agua. En eso, el relincho asustado de
un ejemplar equino, llamó poderosamente su atención. Viró su cabeza y pudo
distinguir un hermoso caballo negro azabache que, al parecer, se había
espantado y galopaba nerviosamente en dirección al río. Emiliano, acostumbrado
a lidiar con animales como ese, juntó sus cosas y se paró justo interrumpiendo
el paso del enfurecido cuadrúpedo.
También le llamó la atención, la persona que
venía detrás de la bestia, era una mujer que evidentemente, era además, una
jineta experta y desde donde estaba Nano, podía ver sólo su larga cabellera
castaña oscura, jugando con el viento.
EMILIANO: ¡Cómo lo domina esa mujer! Monta
como amazona… (Estaba admirado por la agilidad y la velocidad que esa persona
estaba tomando al galope, en procura de alcanzar al animal desbocado) ¡Es
increíble!
De repente, volvió a su realidad y esa era que
un caballo fuera de si, se le venía encima.
Con habilidad, le hizo gestos y trucos que
aunque lograron calmarlo un poco, no consiguieron detenerlo y finalmente, el
caballo, lo tumbó…
Morena estaba desbocada y corría al galope,
alejándose de los predios principales de Santa Cecilia y acercándose
peligrosamente hacia el río que estaba muy agitado a causa de las recientes
lluvias. Carolina, con esa perspicacia y habilidad nata y natural para montar a
caballo, exigió a Caramelo para poder alcanzar a la preciosa yegua. Cuando
estaba a sólo unos pocos metros de lograrlo, azotó a su animal y en un tirón,
Caramelo se pudo poner a la par de Morena y Pampa consiguió tomar las riendas
de la bestia. Sin embargo, un resabio de su terror, se apoderó de la yegua y en
un arrebato, salió al galope nuevamente, soltándose de las manos de Caro.
Todo volvió a empezar, pero, de repente, un
forastero se cruzó en medio. El hombre se puso en el camino de Morena. Hizo
varios gestos y sonidos como de domesticador, pero la yegua estaba muy nerviosa
y al pasar, esta lo tumbó. De todos modos, el caballero logró su propósito,
calmarla un poco y así, Diego y Horacio, pudieron dominarla. Carolina se bajó
de Caramelo y fue de inmediato a ver si el forastero estaba bien.
CAROLINA: (Reclinándose, el tipo parecía
inconsciente) Señor, ¿se encuentra bien?
EMILIANO: (Estaba boca abajo) Si, si, no se
preocupe…
CAROLINA: Déjeme ayudarlo.
EMILIANO: No hace falta, señorita, puedo solo.
CAROLINA: Después del golpe que se acaba de
dar por intentar frenar a Morena, es lo menos que puedo hacer. ¡Déjeme
ayudarlo!
Emiliano Iberbia se giró sobre si mismo y
después de limpiarse un poco el rostro, sus ojos se encontraron con la mirada
más hermosa que había visto jamás y la cálida sonrisa de Carolina, lo hechizó
sin remedio. Ella, por su lado, sintió que ese hombre con la cara llena de
tierra y todo sucio por la caída, era un adonis y los ojos de color almendra y
la sonrisa que él ahora le regalaba, se apoderaron de sus pensamientos. Se
quedaron en silencio unos momentos, mirándose. Sorprendidos, arrebatados por lo
que observaban y presos de una sensación nueva para ambos, se quedaron mudos
hasta que Horacio se acercó, volviéndolos a la realidad y rompiendo el mágico
momento.
HORACIO: Patrona, ¿el señor se encuentra bien?
EMILIANO: (Reaccionando) Estoy bien, un poco
sucio, pero bien. Gracias.
CAROLINA: (Ayudando a Emiliano a ponerse de
pie) Acompáñenos a la casa, así puede lavarse un poco.
HORACIO: ¿De verdad se siente bien? Se dio un
buen trancazo
EMILIANO: No se preocupe, buen hombre. (Mira a
Caro y no puede evitar sonreírle) Aunque si le voy a aceptar la oferta de
lavarme un poco. Tengo tierra por todos lados. (Le ofrece la mano, para
presentarse) Soy Emiliano Iberbia Castillo.
CAROLINA: (Estrecha la mano) Carolina Mouriño, mucho gusto.
EMILIANO: (Se sorprende mucho y se nota) ¿Es
usted a quien le dicen “La Pampa”?
CAROLINA: ¿No me diga que me andaba buscando?
EMILIANO: Algo así.
CAROLINA: (Un gesto medio raro en Emiliano,
hizo que Caro sintiera la necesidad de averiguar todo sobre el extraño)
¡Horacio! Lleva a Morena y a Caramelo a las caballerizas, yo me voy a la casa
grande con el señor. ¿Las llaves de la camioneta?
HORACIO: (Se las da) Tome, patrona. ¿Algo más?
CAROLINA: Si. Mi familia debe demorarse más o
menos unas tres horas más. Estate pendiente de ellos para ir a buscarlos. Ten
el handy (Se lo entrega al capataz) Vamos a la casa para que se pueda lavar y
refrescar, ¿señor?…
EMILIANO: Iberbia, Emiliano Iberbia…
Mientras Horacio y Diego se alejaban en los
caballos, Caro y Emiliano, buscaron la pequeña maleta del forastero y caminaron
hacia el vehículo. Aunque ninguno de los dos lo reconociera, se habían
encantado de inmediato y a los dos también, les había provocado poseerse en ese
preciso momento. Los cuerpos de ambos, hirvieron de deseo apenas se encontraron
con el del otro y ese fuego que acababa de encenderse, ya no se volvería a
apagar.
CAROLINA: (Manejando) ¿Cómo para qué me
buscaba, señor Iberbia?
EMILIANO: Es un poco largo de explicar, pero
se lo resumiré. ¿Puede detener el carro un momento?
CAROLINA: ¿Se siente mal?
EMILIANO: No, no es eso. Pero lo que le voy a
decir, puede que le impacte y no quiero poner en riesgo ni su vida, ni la mía.
CAROLINA: (Se preocupa, pero Emiliano le
inspiraba, entre muchas otras cosas, confianza. Su piel le gritaba que confiara
en él y Caro era muy precavida, eso no le pasaba nunca. Detiene la marcha) ¿Qué
sucede?
EMILIANO: Mi padre murió hace muy poco y antes
de morir, me dijo que puede que tenga un medio hermano y me pidió que lo
buscara para darle su parte de la herencia.
CAROLINA: ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
EMILIANO: Es que busqué a este hombre y
resultó que es ni más ni menos que su difunto esposo, señora. Según mi papá,
Augusto González Miño, era mi medio hermano Y vine hasta aquí para tratar de
comprobarlo y si resulta cierto, quiero darle a su familia lo que mi padre le
heredó.
CAROLINA: (Impávida) ¿Augusto?
EMILIANO: Si. Lamento mencionarlo, pero a eso
vengo y deseo cumplir con la promesa que le hice a mi papá. Perdón si traerlo
hasta este presente le genera dolor, no es mi intención, señora.
CAROLINA: (Niega con la cabeza) No es eso. Mi
marido era un hombre maravilloso y lo extraño. Eso es todo. (Mira a Emiliano)
¿De verdad quiere hacer esto que me cuenta?
EMILIANO: Soy un hombre de palabra. (Sonríe)
Además, por lo que pude averiguar, tiene dos hijos y podrían ser mis sobrinos,
me encantaría conocerlos y quizás, así, pueda sentirme parte de una linda
familia, ¿no cree?
CAROLINA: ¿Tiene más hermanos, esposa, mamá?
EMILIANO: Un hermano mayor, vive en Francia,
está a cargo de los negocios de mi padre y sabe todo. En cuanto pueda, va a
venir. Mi mamá se fue con él después del entierro de mi padre y soy divorciado,
tengo un hijo de 10 años, Francisco. ¿Lo quiere ver?
CAROLINA: ¡Claro!
EMILIANO: Aquí lo tengo… (Saca su celular y le
muestra fotos del niño)
CAROLINA: ¡Es igual a usted!
EMILIANO: Es parecido, si.
CAROLINA: ¿Quiere ver una foto de los míos?
EMILIANO: ¡Por supuesto!
CAROLINA: (Mismo proceder) Ellos son Lucía, de
nueve años y Jano, de seis. La yegua que lo volteó es la de mi hija,
precisamente. Morena.
EMILIANO: Un animal hermoso y sus hijos,
preciosos como usted.
CAROLINA: Aunque estoy acostumbrada a que me
traten de “usted”, preferiría que
nuestro trato fuera más informal, ¿podría ser?
EMILIANO: Preciosos como tú, ¿así está bien?
CAROLINA: (Le hubiera dado un beso descomunal,
no sabía el por qué, pero Emiliano le revolucionaba las hormonas) Perfecto
(Pone en marcha la camioneta y retoma el camino)
EMILIANO: (La miraba y no podía evitar
imaginarla desnuda, retozando con él, haciendo el amor sin detenerse. Carolina
lo calentaba muchísimo y nunca le había sucedido algo así) ¡Qué calor!
CAROLINA: (“Si estuvieras en mi vientre,
entenderías este infierno que me provocas”, pensó) ¡Espantoso! Pero es la época
del año… Ahora que lleguemos, te podrás dar un buen baño y cambiarte de ropa…
EMILIANO: (“Me encantaría bañarme contigo y
hacerte mía”, imaginó) Te lo voy a agradecer…

Lindisimo encuentro jajajaaj me encantooo!! Flechazo a primera vista jajaja entre caro y emiliano ja :D
ResponderBorrarLa pampa y nano ya se conocierooooonnn, siiiiiii...¿Pero seran cuñados?
ResponderBorrarMmmmmmmm... ¿Vos qué creés?
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