Un rato más tarde, aún sin Alma presente, los dos pasaron al comedor y disfrutaron de las delicias que Aurora y María les habían preparado. Mientras comían, platicaban de los niños, contando anécdotas de los pequeños y cuando llegó el momento de visitar las caballerizas, el tópico se volvió por completo hacia los equinos.
Lucía y Jano entraron como un huracán buscando a su mamá
y la hallaron sentada en la sala, conversando con un desconocido que les
sonreía. Los niños sintieron simpatía por el hombre, pero mantuvieron su
distancia hasta que Caro los presentó y les contó cómo “heroicamente”, había
evitado que Morena se cayera al río. Los padres de Caro y su hermano Pablo,
también estaban allí y escucharon la historia.
LUCÍA: (Sentada junto a su mamá) ¿Por qué se espantó
Morena?
CAROLINA: A uno de los muchachos se le escapó un
disparo y muy cerca de ella, se alteró y salió a puro galope.
LUCÍA: ¿Y él la salvó? (Mira a Nano)
CAROLINA: Si, él se puso en el camino y la calmó lo
suficiente como para que Horacio y Diego pudieran tomar las riendas y
dominarla.
LUCÍA: (Se levantó y le dio un besote en la mejilla)
Gracias. Mi papá me regaló a Morena y yo la amo
EMILIANO: De nada, preciosa, me alegro de haberte
ayudado a conservarla.
LUCÍA: Desde hoy eres mi mejor amigo.
EMILIANO: Pues, siendo así, tú eres mi mejor amiga,
¿va?
LUCÍA: ¡VA! (Agarra a su hermano) Vamos, Jano,
preparemos jugo para mi amigo…
JANO: (Mira a Emiliano) ¿Ese es tu amigo?
(Alejándose) Ya está viejo, Lucía…
PABLO: (Se ríen todos por el comentario del pequeño)
Te ganaste a mi sobrina y eso es un milagro.
FELIPE: Es cierto, muchacho, Lucía es desconfiada
como su madre y te la acabas de meter en el bolsillo.
ALMA: (Entrando) ¿A quién se metieron en el
bolsillo?
ISABEL: A Lucía.
ALMA: Ah, ya, por salvar a Morena.
ISABEL: (Su hija menor se sienta a su lado) Exacto,
hija. Ahora, señor, ¿podemos saber quién es usted y qué hace por aquí? No se lo
tome a mal, pero cuando un hombre de la ciudad viene a estas tierras,
generalmente, no es por nada agradable.
CAROLINA: ¡Mamá!
ISABEL: ¡Nada de “mamá”! Es la pura verdad. Cada vez
que vienen aquí es para fregar con que quieren comprar la tierra o que les
regalemos caballos porque los malditos tacaños no quieren pagar lo que
corresponde.
EMILIANO: Tranquila, señora. Si estoy aquí es por
motivos completamente ajenos a la hacienda y a los animales.
Nano volvió a contar la historia para que la familia
Mouriño supiera una de las razones de su visita.
La otra razón, por el momento, se mantendría en lo
oscuro. Antes de decirle a Carolina que su esposo había sido asesinado, tenía
que tener pruebas concretas e irrefutables que respaldaran sus dichos y según
lo que Gabriel le había dejado, esas pruebas estaban entre las cosas de
Augusto. Era imperativo que él tuviera acceso a las pertenencias del hacendado
fallecido tres años atrás y encontrar entre eso, la clave de todo, la prueba
fehaciente e irrefutable de que los crímenes que Augusto y Gabriel
investigaban, los llevaban directamente y sin escalas a un solo responsable:
Santiago Terranova y que ese tipo, fue quien dio la orden de quitarlos del
medio. El difunto marido de Carolina no sabía que entre sus papeles estaba la
conexión de aquel hombre con los delitos que se perseguían y ahora, para
encontrar justicia y paz, Emiliano tenía que hacerse de las evidencias. Además,
el policía sabía que era muy probable que Carolina estuviera en peligro al
haber tomado la posta en el manejo de Santa Cecilia.
Mientras la miraba, la idea de que ella muera se le
cruzó por la mente y fue tan grande el espanto que ese pensamiento le provocó
que los demás presentes, pensaron que se había descompuesto.
CAROLINA: (Acercándose) ¿Te sientes mal?
FELIPE: Ha de ser el calor, aquí es agobiante.
ISABEL: Si, hijita, mejor llévalo a su recámara y
que se de una ducha y se recueste un poco.
CAROLINA: Es buena idea, mamá. Pablo, ayúdame.
EMILIANO: (Se hubiera querido negar, pero realmente
se sentía mal) Gracias…
FELIPE: Es lógico, en la ciudad el calor es más
llevadero que aquí, la humedad de esta región te tumba si no estás
acostumbrado.
ALMA: Eso mismo digo yo. (Mira a su hermano) ¡Pablo,
muévete!
PABLO: Ya voy, ya voy…
Leonardo Vilches, escuchaba sin prestar mayor
atención, todas las excusas que Santiago Terranova le ofrecía. Se encontraban
en la biblioteca de la hacienda vecina a Santa Cecilia.
LEONARDO: No me importa nada de lo que dices, lo
único que necesitamos es que te hagas con esas tierras, Santiago, ¿qué parte no
te entra en esa cabeza?
SANTIAGO: Los que no entienden nada, son ustedes. Yo
les dije mil veces que era preferible trazar las rutas por el sur, son campos
desolados, sin uso ni beneficio. Se podrían haber conseguido en un segundo.
LEONARDO: Hacer los caminos por el sur, no es una
opción, lo sabes. Las carreteras allí son demasiado transitadas, nos exponemos
demasiado.
SANTIAGO: Entonces, tienen que tener paciencia. Lo
que piden es muy difícil de conseguir.
LEONARDO: Evidentemente para ti es imposible. Llevas
casi tres años intentando convencer a la viudita y no has logrado nada. (Lo
mira y sonríe con cinismo) Me parece que el jefe está en lo correcto cuando
dice que resultaste ser un inepto.
SANTIAGO: ¡Vete al cuerno, Leonardo! Santa Cecilia,
en toda su extensión, es propiedad de Don Felipe, no de Carolina Mouriño. Y
ellos no quieren vender, lo sabemos todos desde hace más de tres años.
LEONARDO: El administrador de esa hacienda era
Augusto González Miño y, según tus propias palabras, con él fuera de la jugada,
sería pan comido convencer a la mujer para que acceda a vender esa parte del
terreno. ¿No fue por eso que lo liquidamos?
SANTIAGO: Eso fue un motivo, estaba demasiado cerca
de nuestros pellejos, Vilches. Ese tipo y el otro, el policía, nos estaban
descubriendo uno por uno, eran ellos o nosotros.
LEONARDO: (Se pone de pie) Lo se y déjame decirte
una cosa, Santiago, tómalo como un favor hacia ti, por los viejos tiempos.
(Santiago lo mira fijamente) Si no quieres ser un excluido de ese “nosotros”,
ponte las pilas y convence a esa mujer de vender esas hectáreas, porque de lo
contrario, el jefe te va a mandar a hacerle compañía al par de difuntos y
créeme, tres metros bajo tierra, las cosas no son divertidas.
SANTIAGO: Ya veré cómo lo hago, al fin que es una
pequeña parte de sus tierras. Intentaré ofrecerle un trueque: esa zona que
necesitamos a cambio de mis tierras colindantes con el rio, detrás de Santa
Cecilia, puede que le interese…
LEONARDO: Inténtalo, no es mala idea.
SANTIAGO: Lo se, llevo tiempo sopesándola como
alternativa.
LEONARDO: ¿Por qué
no se lo has propuesto aún?
SANTIAGO: Porque no puedo justificar la oferta y esa
gente no lo va a tomar como un “detalle”. Estoy pensando qué decirles para que
acepten.
LEONARDO: ¡Me gusta tu plan! Y si te hace falta
algo, me lo dices. (Santiago lo mira con suspicacia) No me mires así, si te
ofrezco mi ayuda no es por la bondad de mi corazón, sino porque quiero terminar
con este negocio de una vez y dedicarme a otras cosas que tengo en mente. Toda
esta vaina de los bichos raros ya me tiene cansado. Preferiría volver cuanto
antes a lo clásico: juego, mujeres y drogas…
SANTIAGO: Querrás decir apuestas clandestinas,
prostitución VIP y tráfico de estupefacientes…
LEONARDO: Tú dices papa y yo digo patata, es la
misma cosa, pero con distinta denominación. (Se miran los dos) Esperamos
novedades y pronto, o ya sabes, el jefe va a tomar cartas en el asunto y no vas
a querer eso, Santiago…
SANTIAGO: Voy a mandar a hacer un nuevo estudio en
la tierra y ver qué demonios les invento a los Mouriño para ofrecerles el
trato.
LEONARDO: Perfecto. Recuerda que en dos meses, se te
vence el primer plazo y a partir de ese día, el reloj irá en tu contra más
rápido cada vez. Aquí no hablamos de cárcel, Santiago, el jefe te manda a
contar gusanos en un solo instante. Él te llamará pronto y podrás contarle de
tus avances. Con permiso, me retiro. La verdad que el calor en este lugar es
insoportable… Adiós. (Da media vuelta y sale)
SANTIAGO: (Se sienta) Ay, Carolina… Vas a tener que
ceder por las buenas o tendré que hacer lo que llevo años evitando. Tienes que
ser mía y tus tierras también… (Tomó el teléfono y marcó, un hombre le
respondió) Busca a la gente de siempre y llévalos ya sabes dónde, salgo para
allá.
Sin esperar respuesta, Santiago cortó la
comunicación y se dispuso a salir. Se subió a su carro y aceleró, dejando una
nube enorme de tierra a su paso.
Pablo ayudó a Caro a subir al visitante a la alcoba
donde se había refrescado. Emiliano estaba visiblemente descompuesto y hasta pálido.
PABLO: (Dejando a Nano en la cama) Te va a hacer
bien que descanses un poco.
EMILIANO: (Se tomaba la cabeza, muy mareado) Ajá
PABLO: ¿Te duele la cabeza?
EMILIANO: Si, bastante...
PABLO: ¿Te golpeaste cuando te tumbó Morena?
EMILIANO: Si, pero no me dolió en ese momento...
CAROLINA: Pues, recuéstate. Pablo ve a buscar un
analgésico y un vaso de agua, por favor
PABLO: En un minuto, regreso. Caro, ponle una toalla
húmeda en la nuca, este calor lo debe tener así... (Sale)
EMILIANO: (A Caro) Debo parecer un menso, seguro
piensas que soy un pobre diablo que no aguanta el calor...
CAROLINA: No lo pienso, no estás acostumbrado, es
normal que te afecte (Se levanta busca la toalla la humedece y se la pone en la
nuca) Ahora, relájate y cierra los ojos…
EMILIANO: (Se apoya en las piernas de Caro, como
ella se lo indica. Le suena el celular) ¿Hola?
FRANCISCO: ¡Papáaaaa!

Que ternura!! Me encanto el cap :D esta estupenda la historia!! Je saludos.. Te felicito amix!! :D
ResponderBorrarGracias, amixxxxxxxx!!
BorrarSi ya se ganó a Lu dentro de nada se gana a Jano, va por buen camino ese emiliano jajajajjaaja
ResponderBorrarNo es ningún mamertooo!!
Borrar