lunes, 12 de agosto de 2013

“LA PAMPA” – Capítulo 005



Un rato más tarde, aún sin Alma presente, los dos pasaron al comedor y disfrutaron de las delicias que Aurora y María les habían preparado. Mientras comían, platicaban de los niños, contando anécdotas de los pequeños y cuando llegó el momento de visitar las caballerizas, el tópico se volvió por completo hacia los equinos.

Lucía y Jano entraron como un huracán buscando a su mamá y la hallaron sentada en la sala, conversando con un desconocido que les sonreía. Los niños sintieron simpatía por el hombre, pero mantuvieron su distancia hasta que Caro los presentó y les contó cómo “heroicamente”, había evitado que Morena se cayera al río. Los padres de Caro y su hermano Pablo, también estaban allí y escucharon la historia.

LUCÍA: (Sentada junto a su mamá) ¿Por qué se espantó Morena?
CAROLINA: A uno de los muchachos se le escapó un disparo y muy cerca de ella, se alteró y salió a puro galope.
LUCÍA: ¿Y él la salvó? (Mira a Nano)
CAROLINA: Si, él se puso en el camino y la calmó lo suficiente como para que Horacio y Diego pudieran tomar las riendas y dominarla.
LUCÍA: (Se levantó y le dio un besote en la mejilla) Gracias. Mi papá me regaló a Morena y yo la amo
EMILIANO: De nada, preciosa, me alegro de haberte ayudado a conservarla.
LUCÍA: Desde hoy eres mi mejor amigo.
EMILIANO: Pues, siendo así, tú eres mi mejor amiga, ¿va?
LUCÍA: ¡VA! (Agarra a su hermano) Vamos, Jano, preparemos jugo para mi amigo…
JANO: (Mira a Emiliano) ¿Ese es tu amigo? (Alejándose) Ya está viejo, Lucía…
PABLO: (Se ríen todos por el comentario del pequeño) Te ganaste a mi sobrina y eso es un milagro.
FELIPE: Es cierto, muchacho, Lucía es desconfiada como su madre y te la acabas de meter en el bolsillo.
ALMA: (Entrando) ¿A quién se metieron en el bolsillo?
ISABEL: A Lucía.
ALMA: Ah, ya, por salvar a Morena.
ISABEL: (Su hija menor se sienta a su lado) Exacto, hija. Ahora, señor, ¿podemos saber quién es usted y qué hace por aquí? No se lo tome a mal, pero cuando un hombre de la ciudad viene a estas tierras, generalmente, no es por nada agradable.
CAROLINA: ¡Mamá!
ISABEL: ¡Nada de “mamá”! Es la pura verdad. Cada vez que vienen aquí es para fregar con que quieren comprar la tierra o que les regalemos caballos porque los malditos tacaños no quieren pagar lo que corresponde.
EMILIANO: Tranquila, señora. Si estoy aquí es por motivos completamente ajenos a la hacienda y a los animales.

Nano volvió a contar la historia para que la familia Mouriño supiera una de las razones de su visita.
La otra razón, por el momento, se mantendría en lo oscuro. Antes de decirle a Carolina que su esposo había sido asesinado, tenía que tener pruebas concretas e irrefutables que respaldaran sus dichos y según lo que Gabriel le había dejado, esas pruebas estaban entre las cosas de Augusto. Era imperativo que él tuviera acceso a las pertenencias del hacendado fallecido tres años atrás y encontrar entre eso, la clave de todo, la prueba fehaciente e irrefutable de que los crímenes que Augusto y Gabriel investigaban, los llevaban directamente y sin escalas a un solo responsable: Santiago Terranova y que ese tipo, fue quien dio la orden de quitarlos del medio. El difunto marido de Carolina no sabía que entre sus papeles estaba la conexión de aquel hombre con los delitos que se perseguían y ahora, para encontrar justicia y paz, Emiliano tenía que hacerse de las evidencias. Además, el policía sabía que era muy probable que Carolina estuviera en peligro al haber tomado la posta en el manejo de Santa Cecilia.

Mientras la miraba, la idea de que ella muera se le cruzó por la mente y fue tan grande el espanto que ese pensamiento le provocó que los demás presentes, pensaron que se había descompuesto.

CAROLINA: (Acercándose) ¿Te sientes mal?
FELIPE: Ha de ser el calor, aquí es agobiante.
ISABEL: Si, hijita, mejor llévalo a su recámara y que se de una ducha y se recueste un poco.
CAROLINA: Es buena idea, mamá. Pablo, ayúdame.
EMILIANO: (Se hubiera querido negar, pero realmente se sentía mal) Gracias…
FELIPE: Es lógico, en la ciudad el calor es más llevadero que aquí, la humedad de esta región te tumba si no estás acostumbrado.
ALMA: Eso mismo digo yo. (Mira a su hermano) ¡Pablo, muévete!
PABLO: Ya voy, ya voy…

Leonardo Vilches, escuchaba sin prestar mayor atención, todas las excusas que Santiago Terranova le ofrecía. Se encontraban en la biblioteca de la hacienda vecina a Santa Cecilia.

LEONARDO: No me importa nada de lo que dices, lo único que necesitamos es que te hagas con esas tierras, Santiago, ¿qué parte no te entra en esa cabeza?
SANTIAGO: Los que no entienden nada, son ustedes. Yo les dije mil veces que era preferible trazar las rutas por el sur, son campos desolados, sin uso ni beneficio. Se podrían haber conseguido en un segundo.
LEONARDO: Hacer los caminos por el sur, no es una opción, lo sabes. Las carreteras allí son demasiado transitadas, nos exponemos demasiado.
SANTIAGO: Entonces, tienen que tener paciencia. Lo que piden es muy difícil de conseguir.
LEONARDO: Evidentemente para ti es imposible. Llevas casi tres años intentando convencer a la viudita y no has logrado nada. (Lo mira y sonríe con cinismo) Me parece que el jefe está en lo correcto cuando dice que resultaste ser un inepto.
SANTIAGO: ¡Vete al cuerno, Leonardo! Santa Cecilia, en toda su extensión, es propiedad de Don Felipe, no de Carolina Mouriño. Y ellos no quieren vender, lo sabemos todos desde hace más de tres años.
LEONARDO: El administrador de esa hacienda era Augusto González Miño y, según tus propias palabras, con él fuera de la jugada, sería pan comido convencer a la mujer para que acceda a vender esa parte del terreno. ¿No fue por eso que lo liquidamos?
SANTIAGO: Eso fue un motivo, estaba demasiado cerca de nuestros pellejos, Vilches. Ese tipo y el otro, el policía, nos estaban descubriendo uno por uno, eran ellos o nosotros.
LEONARDO: (Se pone de pie) Lo se y déjame decirte una cosa, Santiago, tómalo como un favor hacia ti, por los viejos tiempos. (Santiago lo mira fijamente) Si no quieres ser un excluido de ese “nosotros”, ponte las pilas y convence a esa mujer de vender esas hectáreas, porque de lo contrario, el jefe te va a mandar a hacerle compañía al par de difuntos y créeme, tres metros bajo tierra, las cosas no son divertidas.
SANTIAGO: Ya veré cómo lo hago, al fin que es una pequeña parte de sus tierras. Intentaré ofrecerle un trueque: esa zona que necesitamos a cambio de mis tierras colindantes con el rio, detrás de Santa Cecilia, puede que le interese…
LEONARDO: Inténtalo, no es mala idea.
SANTIAGO: Lo se, llevo tiempo sopesándola como alternativa.
LEONARDO: ¿Por qué  no se lo has propuesto aún?
SANTIAGO: Porque no puedo justificar la oferta y esa gente no lo va a tomar como un “detalle”. Estoy pensando qué decirles para que acepten.
LEONARDO: ¡Me gusta tu plan! Y si te hace falta algo, me lo dices. (Santiago lo mira con suspicacia) No me mires así, si te ofrezco mi ayuda no es por la bondad de mi corazón, sino porque quiero terminar con este negocio de una vez y dedicarme a otras cosas que tengo en mente. Toda esta vaina de los bichos raros ya me tiene cansado. Preferiría volver cuanto antes a lo clásico: juego, mujeres y drogas…
SANTIAGO: Querrás decir apuestas clandestinas, prostitución VIP y tráfico de estupefacientes…
LEONARDO: Tú dices papa y yo digo patata, es la misma cosa, pero con distinta denominación. (Se miran los dos) Esperamos novedades y pronto, o ya sabes, el jefe va a tomar cartas en el asunto y no vas a querer eso, Santiago…
SANTIAGO: Voy a mandar a hacer un nuevo estudio en la tierra y ver qué demonios les invento a los Mouriño para ofrecerles el trato.
LEONARDO: Perfecto. Recuerda que en dos meses, se te vence el primer plazo y a partir de ese día, el reloj irá en tu contra más rápido cada vez. Aquí no hablamos de cárcel, Santiago, el jefe te manda a contar gusanos en un solo instante. Él te llamará pronto y podrás contarle de tus avances. Con permiso, me retiro. La verdad que el calor en este lugar es insoportable… Adiós. (Da media vuelta y sale)
SANTIAGO: (Se sienta) Ay, Carolina… Vas a tener que ceder por las buenas o tendré que hacer lo que llevo años evitando. Tienes que ser mía y tus tierras también… (Tomó el teléfono y marcó, un hombre le respondió) Busca a la gente de siempre y llévalos ya sabes dónde, salgo para allá.

Sin esperar respuesta, Santiago cortó la comunicación y se dispuso a salir. Se subió a su carro y aceleró, dejando una nube enorme de tierra a su paso.

Pablo ayudó a Caro a subir al visitante a la alcoba donde se había refrescado. Emiliano estaba visiblemente descompuesto y hasta pálido.

PABLO: (Dejando a Nano en la cama) Te va a hacer bien que descanses un poco.
EMILIANO: (Se tomaba la cabeza, muy mareado) Ajá
PABLO: ¿Te duele la cabeza?
EMILIANO: Si, bastante...
PABLO: ¿Te golpeaste cuando te tumbó Morena?
EMILIANO: Si, pero no me dolió en ese momento...
CAROLINA: Pues, recuéstate. Pablo ve a buscar un analgésico y un vaso de agua, por favor
PABLO: En un minuto, regreso. Caro, ponle una toalla húmeda en la nuca, este calor lo debe tener así... (Sale)
EMILIANO: (A Caro) Debo parecer un menso, seguro piensas que soy un pobre diablo que no aguanta el calor...
CAROLINA: No lo pienso, no estás acostumbrado, es normal que te afecte (Se levanta busca la toalla la humedece y se la pone en la nuca) Ahora, relájate y cierra los ojos…
EMILIANO: (Se apoya en las piernas de Caro, como ella se lo indica. Le suena el celular) ¿Hola?
FRANCISCO: ¡Papáaaaa!

4 comentarios: